Why can’t we be friends? O la tontería humana de perder amigos por el interés

hqdefault Después de varios meses de parón y montañas rusas emocionales vuelvo a escribir en mi blog, porque parece que, al fin, la inspiración se ha dignado a volver a visitarme.

Hace unos meses, ya casi un año, decidí cerrar una etapa de mi vida y centrarme en mi, en mi vida y en mi futuro, que era algo que tenía muy abandonado. Me animé, no sin ayuda, a terminar los estudios que tenía mediados y que podrían abrirme nuevas puertas a todos los niveles, ya que con mi preciosa y desnuda diplomatura estoy en tierra de nadie, asunto que daría para una larga entrada de blog sobre los estudios y los trabajos, esas raras especies. También comencé a vivir experiencias nuevas que se suceden cada día y que a veces desembocan en conversaciones sobre a quién le toca fregar los platos o atar la basura, lo que generalmente depende del olor que emane del cubo que la contiene, y que igualmente dará para una entrada en algún momento sobre las maravillas de la convivencia y lo bien que se siente al llegar a casa y que te den un abrazo el día que lo necesitas, una pequeña bronca el día que necesitas espabilar, un aterrizaje para volver a poner los pies en el suelo o la seguridad de que cuando estás muerta de miedo ya puede venir una horda de zombies, que tienes quien te proteja. Pero todo esto, como decía, serán futuras entradas, siempre que la inspiración me acompañe.

Pero hoy no será ese el tema, será sobre lo que descubres cuando por fin creces y cierras una puerta.

Como sabéis los que me conocéis y los que no, ahora seréis conocedores, hasta hace unos meses estaba en política y, por razones que no vienen ahora a cuento, abandoné mi militancia. Había personas con las que me llevaba bastante bien, creyendo (inocente de mi) que incluso podríamos tener algún tipo de relación amistosa fuera de la política. Hoy, mientras jugaba con mi teléfono, confirmé que no es que sea inocente, es que soy gilipollas por pensarlo. Me puse a mirar contactos y seleccionar aquellos de los que no sabía nada hacía tiempo, era consciente que iba a seguir siendo así y tampoco me importaba; en ese momento, me di cuenta que, para muchas personas con las que había compartido muchos momentos, ya no existía. Ni una llamada o un mensaje de apoyo o un “¿qué tal? ¿cómo va todo?”. Nada. Supongo que no es nada personal, simplemente que ya no les soy útil y se han olvidado de mi, como ya harían de tantos otros. También hay que decir  que, pese a que durante algún tiempo si que esperé esa llamada, hace ya meses que soy yo quien no les necesita en su vida, pero quizás hasta hoy no había sido totalmente consciente de ello.

Pero por cerrar con buen sabor de boca, he de decir que desde que ni la política, ni muchas de esas personas, están en mi vida, soy más feliz (aunque la felicidad no sea más que la droga de los idiotas), vivo más tranquila y estoy rodeada (aunque a algunos nos separe algo de distancia o apenas tengamos tiempo de tomarnos un café) de personas menos tóxicas y mucho más maravillosas. Así que creo que he ganado con el cambio y que pueden meterse esa llamada no hecha donde les quepa.

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Me despido con una sonrisa y un sonido noventero que va que ni pintado, disfrutarlo a la salud de esos que no os supieron valorar y por eso os perdieron de su lado y ayudaron a que os convirtierais en los maravillosos seres humanos que seguro que sois —– Why can’t we be friends? de Smash Mouth

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